Cartas a un amigo aleman
Cartas a un amigo aleman Eso es lo que quería decirle, pero sin situarme al margen del conflicto, entrando de lleno en él. Eso es lo que quería contestar a ese «no ama usted a su país» que continúa obsesionándome. Pero quiero hablarle muy claro. Creo que Francia ha perdido su poder y su reino por mucho tiempo y que durante mucho tiempo necesitará una paciencia desesperada, una tenaz rebeldía para recobrar la parcela de prestigio que requiere toda cultura. Pero creo que todo eso lo ha perdido por razones puras. Y por eso no renuncio a la esperanza. Ese es todo el sentido de mi carta. El hombre a quien compadecía usted, cinco años atrás, por mostrarse tan reticente respecto a su país, es el mismo que quiere decirle hoy, a usted y a todos nuestros coetáneos de Europa y del mundo: «pertenezco a una nación admirable y perseverante que, al margen de su bagaje de errores y debilidades, no ha dejado morir la idea que constituye su grandeza, idea que su pueblo siempre, sus élites en ocasiones, intentan de continuo formular cada vez mejor. Pertenezco a una nación que desde hace cuatro años ha comenzado un nuevo recorrido de toda su historia y, entre los escombros, se dispone serena, segura, a rehacer otra y a tentar la suerte en un juego para el que parte sin triunfo alguno. Ese país merece que lo ame con el difícil y exigente amor que es el mío. Y creo que ahora merece también que se luche por él, ya que es digno de un amor superior. Y afirmo que, por el contrario, la nación de usted no ha recibido de sus hijos sino el amor que merecía, que era ciego. No nos justifica cualquier amor. Eso es lo que les pierde a ustedes. Y si ya estaban vencidos en sus mayores victorias, ¿qué no será con la derrota que se avecina?».