Cartas a un amigo aleman
Cartas a un amigo aleman Como ya le diré más adelante, la certeza nacida del corazón no tiene por qué conllevar alegría. Eso confiere ya un sentido a todo lo que le escribo. Pero antes, quiero puntualizar lo que significa usted, su recuerdo y nuestra amistad. Ahora que todavía puedo, quiero hacer por ella lo único que cabe hacer por una amistad que toca a su fin: quiero clarificarla. He contestado ya a ese «no ama usted a su país» que me espetaba usted de cuando en cuando y cuyo recuerdo no puedo quitarme de encima. Hoy sólo quiero contestar a la sonrisa impaciente con la que saludaba usted la palabra inteligencia. «En todas sus inteligencias», me dijo usted, «Francia reniega de sí misma. Sus intelectuales anteponen a su país la desesperación o la búsqueda de una verdad improbable, según convenga. Nosotros preferimos Alemania a la verdad, antes que la desesperación». Aparentemente, eso era cierto. Pero, como ya le he dicho, si a veces parecíamos preferir la justicia a nuestro país, era porque queríamos amar a nuestro país solamente en la justicia, como queríamos amarlo en la verdad y la esperanza. En eso diferíamos de ustedes, teníamos una exigencia. Ustedes se limitaban a servir al poder de su nación, nosotros soñábamos con infundirle a la nuestra su verdad. Ustedes optaban por servir a la política de la realidad; nosotros, en nuestros peores extravíos, conservábamos confusamente la idea de una política del honor que recobramos hoy. Cuando digo «nosotros», no me refiero a nuestros gobernantes. Pero un gobernante es poca cosa.