Cartas a un amigo aleman
Cartas a un amigo aleman Durante mucho tiempo hemos creído ambos que este mundo no tenía una razón superior y que estábamos frustrados. Todavía lo creo en cierto modo. Pero he extraído conclusiones distintas de las que usted me argumentaba entonces; conclusiones que, desde hace tantos años, intentan ustedes hacer entrar en la Historia. Pienso hoy que si le hubiera seguido realmente en lo que piensa usted, debería darle la razón en lo que hace. Y eso es tan grave que me veo obligado a detenerme en ello, en el corazón de esta noche de verano tan cargada de promesas para nosotros y de amenazas para ustedes.
Nunca ha creído usted en el sentido de este mundo y de ello ha extraído la idea de que todo era equivalente y de que el bien y el mal se definían a nuestro antojo. Suponía que, en ausencia de toda moral humana o divina, los únicos valores eran los que regían el mundo animal, o sea, la violencia y la astucia. De ello concluía que el hombre no era nada y que podía matársele el alma, que en la más insensata de las historias, la labor de un individuo no podía ser sino la aventura del poder, y su moral, el realismo de las conquistas.[9] Y a decir verdad, a mí, que creía pensar como usted, no se me ocurrían argumentos que oponerle, como no fuera un profundo amor a la justicia que, en definitiva, me parecía tan poco racional como la más súbita de las pasiones.