Cronicas
Cronicas Aún nos aguardan duros combates. Pero la paz volverá a esta tierra destripada y a los corazones atormentados por la esperanza y los recuerdos. No se puede vivir siempre de homicidios y violencia. Sonará la hora de la dicha, del cariño justo. Pero esa paz no nos encontrará olvidadizos. Y a algunos de nosotros nunca nos abandonarán el rostro de nuestros hermanos desfigurados por las balas, la gran fraternidad viril de estos años. Que nuestros camaradas muertos conserven para sí esta paz que la noche jadeante nos promete y que ellos ya han conquistado. Nuestro combate será el suyo.
Nada les viene dado a los hombres y lo poco que pueden conquistar se paga con muertes injustas. Pero la grandeza del hombre no está en eso. Está en su decisión de sobreponerse a su condición. Y si su condición es injusta, no tiene sino un modo de superarla y es ser justo él. Nuestra verdad de esta noche, la que planea en este cielo de agosto, consiste cabalmente en la consolación del hombre. Y la paz de nuestros corazones está, como lo estaba la de nuestros camaradas muertos, en poder decir ante la victoria recobrada, sin añoranzas ni reivindicaciones: «Hicimos lo que había que hacer».