Cronicas
Cronicas No cabe duda de que Francia es un país mucho menos racista que todos cuantos he tenido ocasión de visitar. Por eso es imposible aceptar sin sublevarse los signos que aparecen, aquí y allá, de esta enfermedad estúpida y criminal.
Un periódico de la mañana titula en primera plana, a varias columnas: «El asesino Raseta». Es un indicio. Pues es más que evidente que el caso Raseta se encuentra hoy en período de instrucción y que es imposible dar semejante publicidad a una acusación tan grave antes de que dicha instrucción haya finalizado.
Debo reconocer de inmediato que sobre el problema malgache sólo tengo, como informaciones no sospechosas, relatos de atrocidades cometidas por los insurrectos e informes sobre ciertos aspectos de la represión. Mis convicciones me llevan a sentir idéntica repugnancia por ambos métodos. Pero la cuestión está en saber si Raseta es o no un asesino.
Está claro que una persona honesta no lo decidiría hasta que finalizara la instrucción. En cualquier caso, ningún periodista se atrevería a titular de ese modo si el presunto asesino se llamara Dupont o Durand. Pero Raseta es malgache, y de alguna manera debe ser un asesino. Tal titular no tiene, pues, la menor importancia.