Cronicas
Cronicas El 8 de mayo de 1945 Alemania firmaba la más importante capitulación de la historia. El general Jodl declaraba entonces: «Considero que el acta de rendición pone a Alemania y al pueblo alemán en manos de los vencedores». Diez meses después, Jodl era ahorcado en Nuremberg. Pero no se pudo ahorcar a setenta millones de habitantes; Alemania sigue en manos de los vencedores y, para terminar, este aniversario no es el del regocijo. La victoria tiene también sus servidumbres.
Y es que Alemania no ha cesado de verse acusada y eso dificulta, sobre todo para un francés, comportarse al respecto, de palabra o por obra, de forma racional. Hace dos años la radio de Flensburg difundía, por orden de Doenitz, un llamamiento en el que los dirigentes provisionales del Reich derribado expresaban su esperanza de que «la atmósfera de odio que rodeaba a Alemania en toda la tierra fuera reemplazada poco a poco por el espíritu de conciliación entre las naciones, sin el cual el mundo no puede levantarse». Esa lucidez llegaba con cinco años de retraso y la esperanza de Doenitz sólo se cumplió a medias. El odio a Alemania ha sido reemplazado por un extraño sentimiento en el que se mezclan la desconfianza y un vago rencor con una cansada indiferencia. En cuanto al espíritu de conciliación...