Cronicas
Cronicas Sí, era posible, lo vemos perfectamente. Pero lo son tantas cosas que, ¿por qué haber elegido hacer ésta y no otra? Es que se trataba de matar el espíritu y de humillar a las almas. Cuando uno cree en la fuerza, conoce bien a su enemigo. Mil fusiles apuntados hacia él no impedirán que un hombre crea, en su fuero interno, en la justicia de una causa. Y si muere, otros justos dirán «no» hasta que la fuerza se canse. No basta, pues, con matar al justo, hay que matar su espíritu para que el ejemplo de un justo que renuncia a la dignidad humana desaliente a todos los justos juntos y a la propia justicia.
Desde hace diez años, un pueblo se ha aplicado a esta destrucción de las almas. Estaba lo bastante seguro de su fuerza para creer que el alma era ya el único obstáculo y que era preciso ocuparse de ella. Se ocuparon y, para su desdicha, algunas veces lo consiguieron. Sabían que siempre hay una hora del día o de la noche en la que el más valiente de los hombres se siente cobarde.
Siempre supieron esperar esa hora. Y, a esa hora, buscaron el alma a través de las heridas del cuerpo, la volvieron despavorida y loca y, a veces, traidora y falaz.