Cronicas

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Es preciso, pues, admitir que el rechazo a legitimar el homicidio nos fuerza a reconsiderar nuestra noción de utopía. Parece que al respecto cabe decir lo siguiente: la utopía es lo que está en contradicción con la realidad. Desde ese punto de vista sería totalmente utópico pretender que nadie volviera a matar a nadie. Eso es la utopía absoluta. Pero pedir que el homicidio no esté ya legitimado es una utopía de un grado muy rebajado. Además, las ideologías marxista y capitalista, basadas ambas en la idea de progreso, persuadidas ambas de que la aplicación de sus principios ha de conducir fatalmente al equilibrio de la sociedad, son utopías de un grado mucho más alto. Y por otra parte están a punto de costamos muy caras.

Cabe concluir que, en la práctica, el combate que se va a empeñar en los años por venir no se entablará entre las fuerzas de la utopía y las de la realidad, sino entre utopías diferentes que tratan de insertarse en lo real y entre las cuales habrá que elegir las menos costosas. Tengo la convicción de que no podemos alimentar razonablemente la esperanza de salvarlo todo, aunque sí podemos proponernos al menos salvar los cuerpos, para que el futuro sea posible.



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