Cronicas
Cronicas Nos piden que amemos o detestemos a tal o cual país, a tal o cual pueblo. Pero unos cuantos de nosotros sentimos demasiado bien nuestras semejanzas con todos los hombres para aceptar esa opción. La forma adecuada de amar al pueblo ruso, en agradecimiento por lo que jamás dejó de ser, es decir la levadura del mundo de la que hablan Tolstoi y Gorki, no es desearle las aventuras del poderío, sino evitarle, tras tantas pruebas pasadas, una nueva y terrible sangría. Lo mismo ocurre con el pueblo estadounidense y con la desdichada Europa. Éste es el tipo de verdades elementales que se olvidan entre los furores del día.