Cronicas
Cronicas En segundo lugar, quiero declarar asimismo que, no sintiéndome en posesión de ninguna verdad absoluta ni de ningún mensaje, no partiré jamás del principio de que la verdad cristiana es ilusoria, sino solamente del hecho de que yo no he podido acceder a ella. Para ilustrar esta postura, confesaré de buen grado algo: hace tres años, una controversia me enfrentó con uno de ustedes, y no de los peores. La fiebre de estos años, el difícil recuerdo de dos o tres amigos asesinados, me habían dado esa pretensión. Puedo atestiguar sin embargo que, a pesar de ciertos excesos de lenguaje por parte de Francois Mauriac, nunca dejé de meditar sobre lo que él decía. Al final de esta reflexión, y les doy así mi parecer sobre la utilidad del diálogo creyente-incrédulo, acabé reconociendo en mi fuero interno, y lo hago aquí públicamente, que en el fondo, y sobre el punto concreto de nuestra controversia, Francois Mauriac tenía razón.