Cronicas
Cronicas En primer lugar, terminar con las vanas querellas, la primera de las cuales es la del pesimismo. Creo, por ejemplo, que a Gabriel Marcel le vendrÃa bien dejar en paz unas formas de pensamiento que lo apasionan al tiempo que lo extravÃan. Marcel no puede llamarse demócrata y pedir al mismo tiempo la prohibición de la pieza de Sartre. Es una postura fastidiosa para todo el mundo. Porque Marcel quiere defender valores absolutos, como el pudor y la verdad divina del hombre, cuando se trata de defender los pocos valores provisionales que le permitirán seguir luchando un dÃa, y a sus anchas, por esos valores absolutos...
Por lo demás, ¿con qué derecho va a acusarme de pesimismo un cristiano o un marxista, por ejemplo? No fui yo quien inventó la miseria de las criaturas, ni las terribles fórmulas de la maldición divina. No fui yo quien gritó aquel Nemo bonus, ni la condenación de los niños sin bautizar. No fui yo quien dijo que el hombre era incapaz de salvarse por sà solo y desde el fondo de su caÃda sólo podÃa esperar en la gracia de Dios. ¡En cuanto al famoso optimismo marxista...! Nadie ha llevado tan lejos la desconfianza en el hombre, y al final las fatalidades económicas de este universo aparecen como más terribles que los caprichos divinos.