Cronicas
Cronicas Es probable, por lo demás, que ni siquiera me defendiera de esas acusaciones (¿ante quién justificarse, hoy?), de no haber tocado usted un tema tan grave como el de España. Porque realmente no tengo la menor necesidad de decir que al escribir El estado de sitio no pretendí adular a nadie. Quise atacar frontalmente ese tipo de sociedad política que se ha organizado, o se organiza, a derecha e izquierda, con arreglo al modelo totalitario. Ningún espectador de buena fe puede dudar que esta pieza toma partido por el individuo, por la carne en lo que ésta tiene de noble, por el amor terrenal, en fin, contra las abstracciones y terrores del Estado totalitario, sea ruso, alemán o español. Graves doctores reflexionan a diario sobre la decadencia de nuestra sociedad, buscando sus razones profundas. Esas razones existen, sin duda. Pero a los ojos de los más simples de nosotros el mal de nuestra época se define por sus efectos, no por sus causas. Se llama Estado, policiaco o burocrático. Su proliferación en todos los países bajo los más diversos pretextos ideológicos, la insultante seguridad que le proporcionan los métodos mecánicos y psicológicos de represión, lo convierten en un peligro mortal para lo que de mejor hay en cada uno de nosotros. Desde este punto de vista, la sociedad política contemporánea, sea cual sea su contenido, es despreciable. No he dicho otra cosa, y por eso El estado de sitio es un acto de ruptura que no quiere perdonar nada.