Cronicas

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Los socialistas revolucionarios de 1905 no eran niños de coro. Y su exigencia de justicia era tan seria como la desplegada hoy en día, con una especie de obscenidad, en todas las obras y todos los periódicos. Pero no se debía a su ardiente amor a la justicia el que no pudieran resolverse a ser unos repugnantes verdugos. Habían elegido la acción y el terror para servir a la justicia, pero habían elegido al mismo tiempo morir, pagar una vida con otra, para que la justicia siguiera viva.

El razonamiento «moderno», como suele decirse, consiste en zanjar: «Puesto que no queréis ser verdugos, sois niños de coro» y a la inversa. Este razonamiento no representa sino una bajeza. Kaliayev, Dora Brillant y sus camaradas refutaron esa bajeza cincuenta años atrás y nos dijeron en cambio que hay una justicia muerta y una justicia viva. Y que la justicia muere en el instante en que se convierte en una comodidad, en que deja de ser una quemazón y un esfuerzo sobre uno mismo.

Ya no sabemos ver esto porque el mundo donde vivimos está atestado de justos. En 1905 no había sino un puñado. Pero era entonces cuando se trataba de morir y hacían falta apóstoles, rara avis. Hoy, sólo hacen falta beatos, y son legión. Pero cuando uno lee lo que en estos momentos se ve forzado a leer, cuando ve la faz mercantil y bajamente cruel de nuestros últimos justos, sean de derechas o de izquierdas, no puede dejar de pensar que la justicia, como la caridad, tiene sus fariseos.


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