Cronicas
Cronicas A. C.-Yo no constato lo mismo que usted. Creo, por el contrario, que el tiempo del desconcierto ha pasado. Cada vez son más numerosos quienes rechazan las mistificaciones del siglo. Cada vez son más numerosos quienes trabajan y crean en silencio, apretando los dientes, decididos a edificarse y edificar su verdad contra las fuerzas de destrucción. La lucha sólo es desigual en apariencia. Acaso destruyan a esos hombres, pero ya no los prostituirán. A partir de ese momento, el movimiento se ha invertido, y el asesinato basado en la mentira ya no se basa sino en sà mismo. El nihilismo, llegado a su extremo, se devora a sà mismo y se ahoga en sus contradicciones. Nos aferramos a este punto, pasado el cual será la muerte o la resurrección. Yo confÃo en nuestros amigos conocidos o desconocidos y en su fuerza de resistencia. Apuesto por el renacimiento. Dicho esto, me temo que nuestras querellas de escritores no tienen la importancia que usted les atribuye sino en el Barrio Latino, y entre nuestros amigos personales. En la velada de Pleyel, los escritores de los que usted habla no ocultaron sus diferencias, que estallaban a veces en lo que decÃan. Eso no les impidió reunirse. Se verán forzados a reunirse de nuevo cuando se presente una oportunidad concreta. ¿Qué importarán entonces sus diferencias? Nadie les pide que se amen: a menudo no son tan amables. Se les pide que den su apoyo. Y, además, el mundo se crea con las diferencias. Aunque, naturalmente, no son los escritores los que crearán esa oportunidad. Contribuirán con una pequeña parte, en el mejor de los casos. No dude usted, en cualquier caso, de que mi libro quiere contribuir a ella.