Cronicas
Cronicas París, 28 de mayo de 1952
Señor Director:
Leí con mucho interés su artículo sobre El hombre rebelde y le doy las gracias.
No contestaré aquí a los detalles de ese estudio que unas veces me pareció indiscutible y otras demasiado audaz en sus razonamientos. Sin duda tendría mucho que decir sobre el rechazo de la metafísica que usted descubre en mi libro, sobre su análisis del terror e incluso sobre las relaciones entre helenismo y cristianismo tal y como usted las presenta en su crítica de la herejía gnóstica. Pero siempre me encuentro en un aprieto cuando me dirijo a los filósofos cristianos, en la medida en que me oponen en general lo que la fe, según su experiencia, tiene de incomunicable, y en que me niegan, por consiguiente un conocimiento suficiente del cristianismo en sí, pese a mis esfuerzos por estudiar sus doctrinas y su historia. Usted no ha dejado de hacerlo y, siendo así, me parece muy difícil oponerle argumentos racionales, ya que en cualquier momento usted puede designar el límite a donde llega mi competencia o donde mis razones se evaporan.