Cronicas

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No hay que ocultárselo, esa conciliación es difícil. Hasta ahora no ha sido posible, al menos si damos crédito a la Historia, como si entre esas dos nociones existiera un principio de contradicción. ¿Cómo iba a ser de otro modo? La libertad para cada uno es también la libertad del banquero o del ambicioso, con lo cual se restablece la injusticia. La justicia para todos, es la sumisión de la personalidad al bien colectivo. ¿Y cómo hablar entonces de libertad absoluta?

No obstante, D'Ormesson es del parecer que el cristianismo ha suministrado esa solución. Ha de permitir que una persona ajena a la religión, aunque respetuosa con las convicciones ajenas, le exprese sus dudas al respecto. El cristianismo es en esencia (y en ello estriba su paradójica grandeza) una doctrina de la injusticia. Se basa en el sacrificio del inocente y en la aceptación de ese sacrificio. La justicia, en cambio, y París acaba de demostrarlo en sus noches iluminadas por las llamas de la insurrección, es inseparable de la rebeldía.

¿Es preciso, pues, renunciar a este esfuerzo en apariencia inútil? No, no es preciso renunciar a él, basta simplemente con medir su inmensa dificultad y hacérsela ver a quienes, de buena fe, quieren simplificarlo todo.


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