Cronicas
Cronicas ¿De qué se trata? Expreso una vez más, en el libro, mi admiración por los revolucionarios rusos de 1905. Al escribir sobre la violencia y el homicidio, traté de definir el límite que el homicidio no puede traspasar. El ejemplo de Kasliayev y sus camaradas me indujo a concluir que no cabía matar sino a condición de morir uno mismo, que nadie tenía derecho a atentar contra la existencia de un ser sin aceptar de inmediato su propia desaparición y que, por último, en todos los casos en que uno se dejaba arrastrar a este límite extremo, había que pagar una vida con otra. Excepción hecha de la no violencia absoluta, de la cual no creo que el señor Hervé haga un artículo de fe, no cabe imaginar posición más intransigente sobre el respeto debido a toda vida. El señor Hervé y su colega de tribunal, que tienen sus razones, fingen deducir que ensalzo el terrorismo sistemático y, por consiguiente, que admito los atentados contra los dirigentes soviéticos en particular y contra unos millones de comunistas en general. Mientras tanto, me atribuyen cínicamente la idea de que hay que hacer la guerra a la URSS, como si hubieran olvidado la época, a fin de cuentas muy reciente, en que, antes de su súbita iluminación por el espíritu de paz, no andaban escasos de insultos y burlas sobre mi pacifismo. Para acabar, Leduc insinúa que mi libro ha sido pagado por los americanos.