Cronicas
Cronicas Una de las paradojas de estos tiempos sin memoria es que yo tenga que presentar hoy a Alfred Rosmer, cuando lo más decente sería lo contrario. A este respecto me bastará decir que Rosmer, con algunos otros que rechazaron en 1914 la palinodia de la Segunda Internacional, es uno de los raros militantes que, en cuarenta años de lucha, nunca perdió el respeto y la amistad de cuantos saben cuan rápidamente se derrumban, bajo la presión de los acontecimientos, las más firmes convicciones. Sindicalista antes de la Primera Guerra Mundial, indignado en 1914 por la defección de los dirigentes obreros de Occidente, incorporado a la revolución de 1917, después opositor de la reacción estaliniana y consagrado desde entonces al largo y difícil renacimiento del sindicalismo, Rosmer, en tiempos tortuosos, siguió un camino recto, a igual distancia de la desesperación que termina deseando la propia servidumbre y del desánimo que tolera la servidumbre ajena. Y así es como no renegó de nada de lo que siempre ha creído. Se advertirá al leer Moscú en tiempos deLenin. «Diré simplemente yo estaba allí, era así.» He aquí el tono de ese testimonio, que corre el riesgo de decepcionar a los aficionados a los folletines históricos. ¿Dónde estaba