Cronicas
Cronicas Quizás nos ayude la simple consideración de la conducta individual. ¿Cuándo se dice que un hombre ha puesto orden en su vida? Para eso es preciso que se reconcilie con ella y que acomode su conducta a lo que cree verdadero. El insurgente que, entre el desorden de la pasión, muere por una idea que ha hecho suya, es en realidad un hombre de orden porque ha ordenado toda su conducta conforme a un principio que le parece evidente. Pero nadie conseguirá nunca que consideremos un hombre de orden al privilegiado que hace sus tres comidas al día durante toda una vida, que invierte su fortuna en valores seguros pero que, al menor alboroto en la calle, se mete en casa. Es solamente un hombre de miedo y de ahorro. Y si el orden francés hubiera de ser el de la prudencia y la aridez del alma, nos sentiríamos tentados de ver en él el mayor de los desórdenes, pues autorizaría, por indiferencia, todas las injusticias.
De todo ello podemos deducir que no hay orden sin equilibrio y sin concierto. En cuanto al orden social, será un equilibrio entre el gobierno y sus gobernados. Y el concierto debe hacerse en nombre de un principio superior. Ese principio es, para nosotros, la justicia. No hay orden sin justicia y el orden ideal de los pueblos reside en su felicidad.