Cronicas

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Hoy se nos presenta la ocasión. Este país es pobre y nosotros somos pobres con él. Europa es miserable, y su miseria es la nuestra. Sin riquezas y sin herencia material, hemos quizá entrado en una libertad en la que podemos entregarnos a esa locura que se llama la verdad.

Por eso hemos expresado nuestra convicción de que se nos brindaba una última oportunidad. Pensamos de verdad que es la última. La astucia, la violencia y el sacrificio ciego de los hombres llevan siglos dando muestras de lo que son. Muestras amargas. No queda sino intentar una cosa, que es la vía intermedia y sencilla de una honradez desprovista de ilusiones, prudente lealtad y obstinación en reforzar solamente la dignidad humana. Creemos que el idealismo es vano. Pero nuestra idea, para terminar, es que el día en que unos hombres quieran poner al servicio del bien la misma terquedad y la misma incansable energía que otros ponen al servicio del mal, ese día las fuerzas del bien podrán triunfar —durante un tiempo muy breve, quizás, pero al menos durante un tiempo— y esa conquista será entonces inconmensurable.

¿Por qué —se nos dirá— volver sobre este debate, habiendo tantas cuestiones más urgentes que son de orden práctico? Pero nunca hemos retrocedido a la hora de hablar de esas cuestiones de orden práctico. La prueba está en que, cuando hablamos de ellas, no contentamos a todo el mundo.


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