Cronicas
Cronicas Digámoslo sin ambages, hubiéramos querido que el Papa tomara partido en el mismo corazón de esos años vergonzosos, y denunciando lo que había que denunciar. Es duro pensar que la Iglesia dejó ese cuidado a otros, más oscuros, que carecían de su autoridad, y algunos de los cuales estaban privados de la esperanza invencible con la que ella vive. Porque a la Iglesia no tenía que preocuparle entonces durar o preservarse. Incluso aherrojada, no hubiera cesado de ser. Y habría encontrado en ello, por el contrario, una fuerza que hoy nos sentimos tentados de no reconocerle.
Al menos ahí está ese mensaje. Y ahora los católicos que dieron lo mejor de sí mismos en la lucha común saben que tuvieron razón y que estaban en el lado bueno. El Papa ha reconocido las virtudes de la democracia. Y ahí es donde entran los matices. Porque esa democracia es entendida en sentido amplio y el Papa dice que puede abarcar tanto la república como la monarquía. Esa democracia desconfía de la masa, que Pío XII distingue sutilmente del pueblo. Admite también las desigualdades de la condición social, a reserva de atemperarlas con el espíritu fraterno.
La democracia, tal y como la define ese texto, tiene paradójicamente un matiz radicalsocialista que no deja de sorprendernos. Por lo demás, cuando el Papa habla de su deseo de un régimen moderado, pronuncia la frase decisiva.