Cronicas
Cronicas Comprendemos ese voto, desde luego. Hay una moderación del ánimo que debe ayudar a entender las cosas sociales e incluso a la felicidad de los hombres. Pero tanto matiz y tanta precaución dejan también campo libre a la moderación más odiosa de todas, que es la del corazón. Ella es, cabalmente, la que admite las condiciones desiguales y soporta la prolongación de la injusticia. Esos consejos de moderación son de doble filo. Hoy corren el riesgo de ponerse al servicio de quienes quieren conservarlo todo, sin comprender que algo debe cambiar. Nuestro mundo no tiene necesidad de almas tibias. Tiene necesidad de corazones ardientes que sepan otorgar a la moderación su adecuado lugar. No, los cristianos de los primeros siglos no eran unos moderados. Y la Iglesia, hoy, debería asumir la tarea de no dejar que la confundan con las fuerzas conservadoras.
Esto es al menos lo que queríamos decir, porque nos gustaría que todo lo que tiene un nombre y un honor en este mundo estuviera al servicio de la causa de la libertad y la justicia. Nunca seremos demasiados en esa lucha. Ésa es la única razón de nuestras reservas. ¿Quiénes somos nosotros, en efecto, para atrevernos a criticar a la más alta autoridad espiritual del siglo? Sólo, justamente, simples defensores del espíritu, pero que se sienten infinitamente exigentes con aquellos cuya misión es representar al espíritu.