Cronicas
Cronicas Cada vez que, a propósito de la depuración, hablé de justicia, Mauriac habló de caridad. Y la virtud de la caridad es lo bastante singular como para que pareciera que yo, al reclamar justicia, abogara por el odio. Diríase realmente, al oír al señor Mauriac, que es absolutamente preciso escoger, en estos asuntos cotidianos, entre el amor a Cristo y el odio a los hombres. Pues bien, ¡no! Somos unos cuantos los que rechazamos a la vez los gritos de aborrecimiento que nos llegan de un lado y los ruegos enternecidos que nos llegan del otro. Y buscamos, entre los dos, esa voz justa que nos dé la verdad sin la vergüenza. Para ello no necesitamos verlo todo claro, sino sólo desear la claridad con esa pasión de la inteligencia y el corazón sin la cual ni Mauriac ni nosotros haremos nada bueno.
Lo cual me permite decir que la caridad nada tiene que ver con esto. Tengo la sensación, a este respecto, de que Mauriac lee muy mal los textos que se propone contradecir. Bien veo que es un humorista y no un escritor de razonamiento, pero me gustaría que en estas materias hablásemos sin humor. Porque Mauriac me ha leído muy mal si piensa que se me ocurre sonreír ante el mundo que se nos ofrece. Cuando digo que la caridad propuesta como ejemplo a veinte pueblos hambrientos de justicia no es sino un ridículo consuelo, le ruego a mi oponente que crea que lo digo sin sonreír.