Cronicas

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Se nos disculpará por empezar hoy con una verdad palmaria: ya está muy claro que la depuración, en Francia, no sólo ha fracasado sino que está desacreditada. La palabra depuración ya era en sí bastante penosa. El hecho se ha vuelto odioso. Sólo había una posibilidad de evitarlo, que era emprenderla sin ánimo de venganza y sin ligereza. Hay que pensar que no es fácil hallar el camino de la simple justicia entre los clamores del odio, por una parte, y los alegatos de la mala conciencia, por otra. En cualquier caso, el fracaso es total.

Porque además la política se ha mezclado en el asunto, con todas sus cegueras. Demasiada gente clamó por la muerte, como si los trabajos forzados, por ejemplo, fueran un castigo sin consecuencias. Pero demasiada gente, por el contrario, puso el grito en el cielo y habló de terror cuando unos años de prisión venían a recompensar el ejercicio de la delación o el deshonor. En todos los casos, nos sentimos impotentes. Y quizás lo más acertado hoy sea hacer lo preciso para que unas injusticias demasiado flagrantes no envenenen un poco más un aire que a los franceses ya les cuesta respirar.


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