Cronicas
Cronicas No haremos nada, en efecto, por la amistad francesa si no nos liberamos de la mentira y el odio. La verdad es que, en cierto sentido, no nos hemos liberado de ellos. Nos los vienen enseñando desde hace mucho tiempo. Y quizás la última y más duradera victoria del hitlerismo esté en esas señales vergonzosas dejadas en el corazón de los hombres que lo combatieron con todas sus fuerzas. ¿Como iba a ser de otro modo? Hace años que el mundo está entregado a un desencadenamiento de odio que jamás tuvo igual. Durante cuatro años, en nuestra tierra, asistimos al ejercicio razonado de ese odio. Hombres como vosotros y como yo, que por la mañana acariciaban a los niños en el metro, se transformaban por la noche en meticulosos verdugos. Se convertían en funcionarios del odio y la tortura. Durante cuatro años, esos funcionarios sacaron adelante su administración: en ella se fabricaban pueblos de huérfanos y se disparaba contra los hombres en plena cara para que no fueran reconocidos, se metían a taconazos los cadáveres de los niños en ataúdes demasiado pequeños para ellos, se torturaba al hermano delante de la hermana, se formaban cobardes y se destruían las almas más altivas. Parece que a estas historias no se les da mucho crédito en el extranjero. Pero durante cuatro años nuestra carne y nuestra angustia hubieron de darles crédito. Durante cuatro años, todas las mañanas, cada francés recibía su ración de odio y su bofetada. Era en el momento de abrir el periódico. Forzosamente, algo ha quedado de todo esto.