Cronicas
Cronicas Nos ha quedado el odio. Nos ha quedado ese impulso que el otro día, en Dijon, lanzaba a un muchacho de catorce años sobre un colaboracionista linchado para reventarle la cara. Nos ha quedado ese furor que nos quema el alma al recordar ciertas imágenes y ciertos rostros. Al odio de los verdugos ha respondido el odio de las víctimas. Y una vez que partieron los verdugos, los franceses se quedaron con su odio, en parte sin destino. Todavía se miran con un resto de cólera.
Pues bien, debemos ante todo vencer eso. Hay que sanar esos corazones envenenados. Y mañana, la victoria más difícil que hemos de lograr sobre el enemigo habrá de ser sobre nosotros mismos, con un esfuerzo superior que transforme nuestro apetito de odio en deseo de justicia. No ceder al odio, no conceder nada a la violencia, no admitir que nuestras pasiones nos cieguen, eso es lo que podemos hacer aún por la amistad y contra el hitlerismo. Todavía hoy ciertos periódicos se dejan arrastrar a la violencia y al insulto. De ese modo seguimos cediendo ante el enemigo. Se trata, por el contrario y a nuestro parecer, de no permitir nunca que la crítica se convierta en insulto, se trata de admitir que nuestro oponente puede tener razón y que en cualquier caso sus razones, aunque malas, pueden ser desinteresadas. Se trata, en fin, de rehacer nuestra mentalidad política.