El exilio y el reino
El exilio y el reino El automóvil giró bruscamente sobre la pista de laterita, ahora embarrada. De repente, en uno de los bordes de la carretera, luego en el otro, los faros recortaron en la noche dos barracones de madera cubiertos de chapa. Cerca del segundo, a la derecha, se distinguía en medio de una ligera bruma una torre construida con vigas sin desbastar. De la cima de la torre salía un cable de acero, invisible en su punto de anclaje, pero brillante a la luz de los faros a medida que iba bajando para desaparecer detrás del talud que cortaba la ruta. El automóvil aminoró la velocidad y se detuvo a unos metros de los barracones.
El hombre que salió, a la derecha del chófer, tuvo dificultades para deslizarse a través de la portezuela. Una vez de pie, vaciló un instante sobre su inmenso cuerpo de coloso. En la zona de sombra, junto al automóvil, parecía escuchar el ruido del motor, abotargado por la fatiga, pesadamente plantado en tierra. Después echó a andar en dirección al talud y entró en el cono de luz de los faros. Se detuvo en lo alto de la pendiente, dibujando su enorme espalda en la noche. Al cabo de un instante se volvió. El rostro negro del chófer brillaba por encima del salpicadero y sonreía. El hombre hizo una señal; el chófer cerró el contacto. Al momento, un gran silencio fresco cayó sobre la pista y sobre la selva. Sólo se escuchó entonces el ruido del agua.
