El extranjero
El extranjero Puedo decir que, en rigor, el verano reemplazó muy pronto al verano. Sabía que con la subida de los primeros calores sobrevendría algo nuevo para mí. Mi proceso estaba inscripto para la última reunión del Tribunal, que se realizaría en el mes de junio. La audiencia comenzó mientras afuera el sol estaba en su plenitud. El abogado me había asegurado que no duraría más de dos o tres días. «Por otra parte», había agregado, «el Tribunal tendrá prisa porque su asunto no es el más importante de la audiencia. Hay un parricidio que pasará inmediatamente después».
A las siete y media de la mañana vinieron a buscarme y el coche celular me condujo al Palacio de Justicia. Los dos gendarmes me hicieron entrar en una habitación pequeña que olía a humedad. Esperamos sentados cerca de una puerta tras la cual se oían voces, llamamientos, ruidos de sillas y todo un bullicio que me hizo pensar en esas fiestas de barrio en las que se arregla la sala para poder bailar después del concierto. Los gendarmes me dijeron que era necesario esperar al Tribunal y uno de ellos me ofreció un cigarrillo, que rechacé. Me preguntó poco después si estaba nervioso. Respondí que no. Y aun, en cierto sentido, me interesaba ver un proceso. No había tenido nunca ocasión de hacerlo en mi vida. «Sí», dijo el segundo gendarme, «pero concluye por cansar.»
