El extranjero
El extranjero Sentà entonces que algo agitaba a toda la sala y por primera vez comprendà que era culpable. Hicieron repetir al portero la historia del café con leche y la del cigarrillo. El Abogado General me miró con brillo irónico en los ojos. En ese momento el abogado preguntó al portero si no habÃa fumado conmigo. Pero el Procurador se opuso violentamente a esta pregunta: «¿Quién es aquà el criminal y cuáles son los métodos que consisten en manchar a los testigos de la acusación para desvirtuar testimonios que no por eso resultan menos aplastantes?» Pese a todo, el Presidente ordenó al portero que respondiese a la pregunta. El viejo dijo con aire cohibido: «Sé perfectamente que hice mal. Pero no me atrevà a rehusar el cigarrillo que el señor me ofreció.» En último lugar, me preguntaron si no tenÃa nada que agregar. «Nada, respondÃ, solamente que el testigo tiene razón. Es verdad que le ofrecà un cigarrillo.» El portero me miró entonces con un poco de asombro y una especie de gratitud. Vaciló; luego dijo que era él quien me habÃa ofrecido el café con leche. El abogado triunfó ruidosamente y declaró que los jurados apreciarÃan. Pero el Procurador atronó sobre nuestras cabezas y dijo: «SÃ. Los señores jurados apreciarán. Y llegarán a la conclusión de que un extraño podÃa proponer tomar café, pero que un hijo debÃa rechazarlo delante del cuerpo de la que le habÃa dado la vida.» El portero volvió a su asiento.