El extranjero
El extranjero Yo escuchaba y oÃa que se me juzgaba inteligente. Pero no comprendÃa bien cómo las cualidades de un hombre común podÃan convertirse en cargos aplastantes contra un culpable. Por lo menos, era esto lo que me chocaba y no escuché más al Procurador hasta el momento en que le oà decir: «¿Acaso ha demostrado por lo menos arrepentimiento? Jamás, señores. Ni una sola vez en el curso de la instrucción este hombre ha parecido conmovido por su abominable crimen.» En ese momento se volvió hacia mÃ, me señaló con el dedo, y continuó abrumándome sin que pudiera comprender bien por qué. Sin duda no podÃa dejar de reconocer que tenÃa razón. No lamentaba mucho mi acto. Pero tanto encarnizamiento me asombraba. Hubiese querido tratar de explicarle cordialmente, casi con cariño, que nunca habÃa podido sentir verdadero pesar por cosa alguna. Estaba absorbido siempre por lo que iba a suceder, por hoy o por mañana. Pero, naturalmente, en el estado en que se me habÃa puesto, no podÃa hablar a nadie en este tono. No tenÃa derecho de mostrarme afectuoso, ni de tener buena voluntad. Y traté de escuchar otra vez porque el Procurador se puso a hablar de mi alma.