El extranjero
El extranjero Esperamos mucho tiempo, creo que cerca de tres cuartos de hora. Al cabo, un campanilleo sonó. El abogado me dejó, diciendo: «El presidente del Jurado va a leer las respuestas. Sólo le llamarán cuando se pronuncie el fallo.» Se oyó golpear las puertas. La gente corría por las escaleras y yo no sabía si estaban próximas o alejadas. Luego oí una voz sorda que leía algo en la sala. Cuando volvió a sonar el campanilleo, la puerta del lugar de los acusados se abrió y el silencio de la sala subió hacía mí, el silencio y la singular sensación que sentí al comprobar que el joven periodista había apartado la mirada. No miré en dirección a María. No tuve tiempo porque el Presidente me dijo en forma extraña que, en nombre del pueblo francés, se me cortaría la cabeza en una plaza pública. Me pareció reconocer entonces el sentimiento que leía en todos los rostros. Creo que era consideración. Los gendarmes se mostraban muy suaves conmigo. El abogado me tomó la mano. Yo no pensaba más en nada. El Presidente me preguntó si no tenía nada que agregar. Reflexioné. Dije: «No.» Entonces me llevaron.