El extranjero

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Salimos, y Raimundo me ofreció un aguardiente. Luego quiso jugar una partida de billar y perdí por un pelo. Después quería ir al burdel, pero le dije que no porque no tenía ganas. Regresamos lentamente mientras me decía cuánto celebraba haber logrado castigar a su amante. Estuvo muy amable conmigo y pensé que era un momento agradable.

Desde lejos divisé en el umbral de la puerta al viejo Salamano, que tenía aspecto agitado. Cuando nos acercamos vi que no tenía consigo al perro. Miraba para todos lados, se volvía sobre sí mismo, trataba de perforar la oscuridad del pasillo, mascullaba palabras sueltas y volvía a escudriñar la calle con los ojillos enrojecidos. Cuando Raimundo le preguntó qué le sucedía, no respondió inmediatamente. Oí vagamente que murmuraba: «¡Cochino! ¡Carroña!», y continuaba agitándose. Le pregunté dónde estaba el perro. Bruscamente me respondió que se había marchado. Luego, de golpe, habló con volubilidad: «Lo llevé al Campo de Maniobras como de costumbre. Había mucha gente en torno de los kioscos de saltimbanquis. Me detuve a mirar ‘El rey de la evasión’. Y cuando quise seguir no estaba más allí. Hace tiempo que estaba por comprarle un collar menos grande. Pero jamás hubiera creído que esa carroña pudiera marcharse así.»


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