El extranjero
El extranjero MarÃa vino a buscarme por la tarde y me preguntó si querÃa casarme con ella. Dije que me era indiferente y que podrÃamos hacerlo si lo querÃa. Entonces quiso saber si la amaba. Contesté como ya lo habÃa hecho otra vez: que no significaba nada, pero que sin duda no la amaba. «¿Por qué, entonces, casarte conmigo?», dijo. Le expliqué que no tenÃa ninguna importancia y que si lo deseaba podÃamos casarnos. Por otra parte era ella quien lo pedÃa y yo me contentaba con decir que sÃ. Observó entonces que el matrimonio era una cosa grave. RespondÃ: «No.» Calló un momento y me miró en silencio. Luego volvió a hablar. QuerÃa saber simplemente si habrÃa aceptado la misma proposición hecha por otra mujer a la que estuviera ligado de la misma manera. Dije: «Naturalmente.» Se preguntó entonces a sà misma si me querÃa, y yo, yo no podÃa saber nada sobre este punto. Tras otro momento de silencio murmuró que yo era extraño, que sin duda me amaba por eso mismo, pero que quizá un dÃa le repugnarÃa por las mismas razones. Como callara sin tener nada que agregar, me tomó sonriente del brazo y declaró que querÃa casarse conmigo. Respondà que lo harÃamos cuando quisiera. Le hablé entonces de la proposición del patrón, y MarÃa me dijo que le gustarÃa conocer ParÃs. Le dije que habÃa vivido allà en otro tiempo y me preguntó cómo era. Le dije: «Es sucio. Hay palomas y patios oscuros. La gente tiene la piel blanca.»