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El extranjero
El extranjero El domingo me costó mucho despertarme y fue necesario que María me llamara y me sacudiera. No habíamos comido porque queríamos bañarnos temprano. Me sentía completamente vacío y me dolía un poco la cabeza. El cigarrillo tenía gusto amargo. María se burló de mí porque decía que tenía «cara de entierro». Se había puesto un traje de tela blanca y se había soltado los cabellos. Le dije que estaba hermosa y rió de placer.
Al bajar golpeamos en la puerta de Raimundo. Nos respondió que bajaba. En la calle, por el cansancio y también porque no habíamos abierto las persianas, la claridad del día, lleno de sol, me golpeó como una bofetada. María saltaba de alegría y no se cansaba de decir que era un día magnífico. Me sentí mejor y me di cuenta de que tenía hambre. Se lo dije a María, quien me señaló el bolso de hule donde había puesto las dos mallas de baño y una toalla. Teníamos que esperar y oímos cómo Raimundo cerraba la puerta. Llevaba pantalones azules y camisa blanca de manga corta. Pero se había puesto sombrero de paja, lo que hizo reír a María, y sus antebrazos eran muy blancos debajo del vello oscuro. Yo estaba un poco repugnado. Silbaba al bajar y parecía muy contento. Me dijo: «Salud, viejo», y llamó «señorita» a María.