El extranjero
El extranjero Fuera de estas molestias no me sentÃa demasiado desgraciado. Una vez más todo el problema consistÃa en matar el tiempo. A partir del instante en que aprendà a recordar, concluà por no aburrirme en absoluto. Me ponÃa a veces a pensar en mi cuarto, y, con la imaginación, salÃa de un rincón para volver detallando mentalmente todo lo que encontraba en el camino. Al principio lo hacÃa rápidamente. Pero cada vez que volvÃa a empezar era un poco más largo. Recordaba cada mueble, y de cada uno, cada objeto que en él se encontraba, y de cada objeto, todos los detalles, y de los detalles, una incrustación, una grieta o un borde gastado, los colores y las imperfecciones. Al mismo tiempo ensayaba no perder el hilo del inventario, hacer una enumeración completa. Es cierto que fue al cabo de algunas semanas, pero podÃa pasar horas nada más que con enumerar lo que se encontraba en mi cuarto. AsÃ, cuanto más reflexionaba, más cosas desconocidas u olvidadas extraÃa de la memoria. Comprendà entonces que un hombre que no hubiera vivido más que un solo dÃa podÃa vivir fácilmente cien años en una cárcel. TendrÃa bastantes recuerdos para no aburrirse. En cierto sentido era una ventaja.