El hombre rebelde

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El Único

Ya Stirner había querido abatir en el hombre, después de a Dios mismo, toda idea de Dios. Pero, contrariamente a Nietzsche, su nihilismo es satisfactorio. Stirner se ríe en su callejón sin salida, Nietzsche se da de cabezadas contra las paredes. A partir de 1845, fecha de la publicación de El Único y su propiedad, Stirner empieza a despejar el terreno. El hombre, que frecuentaba la «Sociedad de los Emancipados» con los jóvenes hegelianos de izquierdas (Marx, entre ellos), no sólo tenía una cuenta que saldar con Dios, sino también con el Hombre de Feuerbach, el Espíritu de Hegel y su encarnación histórica, el Estado. Para él, todos estos ídolos han nacido del mismo «mongolismo», la creencia en ideas eternas. Así, pudo escribir: «No he fundado mi causa sobre nada». El pecado, desde luego, es una «plaga mongólica», pero también el derecho del que somos los forzados. Dios es el enemigo; Stirner va lo más lejos que puede en la blasfemia («digiere la hostia y te libras de ella»). Pero Dios no es más que una enajenación del yo, o más exactamente de lo que soy. Sócrates, Jesucristo, Descartes, Hegel, todos los profetas y los filósofos, no han hecho nunca sino inventar maneras nuevas de enajenar lo que soy, ese yo que Stirner se empeña en distinguir del Yo absoluto de Fichte reduciéndolo a lo más particular y más fugitivo que tiene. «Los nombres no lo nombran», es el Único.


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