El hombre rebelde
El hombre rebelde «Negamos a Dios, negamos la responsabilidad de Dios, sólo así libertaremos al mundo». Con Nietzsche, el nihilismo parece volverse profético. Pero no se puede sacar nada de Nietzsche, de no ser la baja y mediocre crueldad que odiaba con toda su fuerza, si no se pone en el primer plano de su obra, mucho antes que al profeta, al clínico. El carácter provisional, metódico, estratégico en una palabra, de su pensamiento no puede ponerse en duda. En él, el nihilismo, por vez primera, se hace consciente. Los cirujanos tienen en común con los profetas el hecho de que piensan y operan en función del futuro. Nietzsche no pensó nunca más que en función de un apocalipsis futuro, no para exaltarlo, pues adivinaba el rostro sórdido y calculador que aquel apocalipsis acabaría tomando, sino para evitarlo y transformarlo en renacimiento. Reconoció el apocalipsis y lo analizó como un hecho clínico. Se decía el primer nihilista cabal de Europa. No por gusto, sino por disposición y porque era demasiado grande para rechazar la herencia de su época. Diagnosticó en sí mismo, y en los otros, la impotencia para creer y la desaparición del fundamento primitivo de toda fe, o sea la creencia en la vida. El «¿puede uno vivir en rebeldía?» se convirtió en «¿puede uno vivir sin creer nada?». Su respuesta fue afirmativa. Sí, si se hace de la ausencia de fe un método, si se lleva el nihilismo hasta sus últimas consecuencias, y si, desembocando entonces en el desierto y dando confianza a lo que va a venir, se experimenta en el mismo movimiento primitivo el dolor y la alegría.
