El hombre rebelde
El hombre rebelde A este callejón sin salida al que empuja metódicamente su nihilismo cabe decir que se precipita Nietzsche con una especie de júbilo horrible. Su objetivo reconocido es hacer la situación insostenible para el hombre de su tiempo. La única esperanza parece ser para él llegar al extremo de la contradicción. Si entonces el hombre no quiere perecer entre los nudos que lo ahogan, tendrá que cortarlos de un solo golpe, y crear sus propios valores. La muerte de Dios no acaba nada y no se puede vivir si no es a condición de preparar una resurrección. «Cuando no se encuentra la grandeza en Dios —dice Nietzsche—, no se la encuentra en parte alguna; hay que negarla o crearla». Negarla era la tarea del mundo que lo rodeaba y al que veía correr al suicidio. Crearla fue la tarea sobrehumana por la que quiso morir. Sabía, en efecto, que la creación no era posible más que en el extremo de la soledad y que el hombre no se decidiría a hacer ese vertiginoso esfuerzo a no ser que, en la máxima miseria del espíritu, tuviera que aceptar este gesto o morir. Nietzsche le grita, pues, que la tierra es su única verdad, a la que hay que ser fiel, en la que hay que vivir y alcanzar la salvación. Pero le enseña al mismo tiempo que vivir en una tierra sin ley es imposible porque vivir supone precisamente una ley. ¿Cómo vivir libre sin ley? A este enigma ha de contestar el hombre, so pena de muerte.