El hombre rebelde

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Surrealismo y revolución

Apenas se tratará aquí de Rimbaud. Sobre él está todo dicho, y más aún, por desgracia. Se precisará, sin embargo, porque esta precisión concierne a nuestro tema, que Rimbaud no fue el poeta de la rebeldía más que en su obra. Su vida, lejos de legitimar el mito que suscitó, ilustra tan sólo —basta para demostrarlo una lectura objetiva de las cartas de Harar— un asentimiento al peor nihilismo que exista. Rimbaud ha sido deificado por haber renunciado al genio que poseía, como si esta renuncia supusiera una virtud sobrehumana. Aunque esto descalifique las coartadas de nuestros contemporáneos, hay que decir, por el contrario, que sólo el genio supone una virtud, no la renuncia al genio. La grandeza de Rimbaud no está en los primeros gritos de Charleville ni en los tráficos de Harar. Estalla en el instante en que, dando a la rebeldía el lenguaje más extrañamente justo que ha recibido nunca, dice a la vez su triunfo y su angustia, la vida ausente del mundo y el mundo inevitable, el grito hacia lo imposible y la realidad rasposa que estrechar, el rechazo a la moral y la nostalgia irresistible del deber. En ese momento, en que llevando en sí mismo la iluminación y el infierno, insultando y honrando a la belleza, hace de una contradicción irreductible un canto doble y alternado, es el poeta de la rebeldía, y el más grande. No importa el orden de concepción de sus dos grandes obras. De todos modos, fue demasiado poco el tiempo que medió entre ambas concepciones, y todo artista sabe, con la certeza absoluta que nace de la experiencia de una vida, que Rimbaud concibió la Temporada y las Iluminaciones al mismo tiempo. Si las escribió una después de otra, las sufrió en el mismo momento. Esta contradicción, que lo mataba, era su verdadero genio.


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