El hombre rebelde
El hombre rebelde El aunque, del que hemos reconocido que marcaba el momento capital de la rebeldía metafísica, se realiza en todo caso en la destrucción absoluta. No son la rebeldía ni su nobleza las que brillan hoy sobre el mundo, sino el nihilismo. Y son sus consecuencias las que hemos de describir, sin perder de vista la verdad de sus orígenes. Aunque Dios existiera, Iván no se entregaría a él debido a la injusticia hecha al hombre. Pero una cavilación más larga de esta injusticia, una llama más amarga, han transformado el «aunque existas» en un «no mereces existir», y luego en «no existes». Las víctimas han buscado la fuerza y las razones del crimen último en la inocencia que se reconocen. Desesperando de su inmortalidad, seguras de su condenación, han decidido el asesinato de Dios. Si es falso decir que, desde ese día, ha empezado la tragedia del hombre contemporáneo, tampoco es cierto que haya acabado en él. Este atentado marca, al contrario, el momento supremo de un drama empezado desde el final del mundo antiguo y cuyas últimas palabras no han sonado aún. Desde este momento, el hombre decide excluirse de la gracia y vivir por sus propios medios. El progreso, desde Sade hasta nuestros días, ha consistido en ensanchar cada vez más el lugar cerrado en que, según su propia regla, reinaba ferozmente el hombre sin dios. Se han agrandado cada vez más las fronteras del campo atrincherado, frente a la divinidad, hasta hacer del universo entero una fortaleza contra el dios destronado y exiliado. El hombre, al término de su rebeldía, se encerraba; su gran libertad consistía tan sólo, desde el castillo trágico de Sade hasta el campo de concentración, en construir la prisión de sus crímenes. Pero el estado de sitio se generaliza poco a poco, la reivindicación de libertad quiere extenderse a todos. Hay que construir entonces el único reino que se opone al de la gracia, el de la justicia, y reunir por último la comunidad humana sobre las ruinas de la comunidad divina. Matar a Dios y construir una Iglesia es el movimiento constante y contradictorio de la rebeldía. La libertad absoluta se convierte por fin en una cárcel de deberes absolutos, una ascesis colectiva, una historia para concluir. El siglo XIX, que es el de la rebeldía, desemboca así en el siglo XX de la justicia y de la moral, en que cada uno se golpea el pecho. Chamfort, moralista de la rebeldía, había dado ya su fórmula: «Hay que ser justo antes de ser generoso, así como se tienen camisas antes de tener encajes». Se renunciará, pues, a la moral de lujo por la ética áspera de los constructores.