El hombre rebelde

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El Terror

Saint-Just, contemporáneo de Sade, llega a la justificación del crimen, aunque arranca de principios diferentes. Saint-Just, sin duda es el anti Sade. Si la fórmula del marqués podía ser: «Abrid las cárceles o demostrad vuestra virtud», la del convencional sería: «Demostrad vuestra virtud o entrad en las cárceles». Ambos, sin embargo, legitiman un terrorismo, individual en el libertino, estatal en el sacerdote de la virtud. El bien absoluto o el mal absoluto, si se les añade la lógica que hace falta, exigen el mismo furor. Es cierto que hay ambigüedad en el caso de Saint-Just. La carta que escribió a Vilain d’Aubigny, en 1792, poseía algo de insensato. Aquella profesión de fe de un perseguido persecutor terminaba con una confesión convulsa: «Si Bruto no mata a los otros, se matará a sí mismo». Un personaje tan obstinadamente grave, tan voluntariamente frío, lógico, imperturbable, permite imaginar todos los desequilibrios y todos los desórdenes. Saint-Just inventó el tipo de seriedad que hace de la historia de los dos últimos siglos una novela negra tan aburrida. «El que bromea al frente del gobierno —dice— tiende a la tiranía». Máxima asombrosa, sobre todo si se tiene en cuenta cómo se pagaba entonces la simple acusación de tiranía, y que prepara, en todo caso, el tiempo de los Césares pedantes. Saint-Just da el ejemplo; su mismo tono es definitivo. Esta cascada de afirmaciones perentorias, este estilo axiomático y sentencioso, lo pintan mejor que los retratos más fieles. Ronronean las sentencias como la sabiduría misma de la nación, las definiciones, que hacen la ciencia, se suceden como mandamientos fríos y claros. «Los principios deben ser moderados, las leyes implacables, las penas sin remisión». Es el estilo guillotina.


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