El hombre rebelde
El hombre rebelde Pisarev, teórico del nihilismo ruso, observa que los mayores fanáticos son los niños y los jóvenes. Esto es también verdad referido a las naciones. Rusia, en esta época, es una nación adolescente, dada a luz con fórceps, desde hace un siglo apenas, por un zar lo bastante ingenuo como para cortar él mismo la cabeza de los revoltosos. No es de extrañar que haya llevado la ideología alemana hasta los extremos de sacrificio y destrucción de que no habían sido capaces, más que en pensamiento, los profesores alemanes. Stendhal veía una primera diferencia de los alemanes con los otros pueblos en que se exaltan con la meditación en vez de calmarse. Esto es verdad, pero aún más aplicado a Rusia. En este país joven, sin tradición filosófica[28], chicos muy jóvenes, hermanos de los estudiantes trágicos de Lautréamont, se apoderaron del pensamiento alemán y encarnaron en la sangre sus consecuencias. Un «proletariado de bachilleres[29]» los turnó entonces en el gran movimiento de emancipación del hombre, para darle su rostro más convulso. Hasta finales del siglo XIX, aquellos bachilleres no pasaron nunca de unos millares. Ellos solos, no obstante, frente al absolutismo más compacto de la época, pretendieron liberar y, provisionalmente, contribuyeron a liberar, en efecto, a cuarenta millones de mujics. Casi la totalidad de ellos pagaron esta libertad con el suicidio, la ejecución, el penal o la locura. La historia entera del terrorismo ruso puede resumirse en la lucha de un puñado de intelectuales contra la tiranía, en presencia del pueblo silencioso. Su victoria extenuada fue finalmente traicionada. Pero con su sacrificio, y hasta en sus negaciones más extremas, dieron cuerpo a un valor, o una virtud nueva, que no ha acabado, ni siquiera hoy día, de plantar cara a la tiranía y ayudar a la verdadera liberación.
