El hombre rebelde
El hombre rebelde El nihilismo, estrechamente mezclado con el movimiento de una religión defraudada, terminó así en terrorismo. En el universo de la negación total, por la bomba y el revólver, por el valor también con que marchaban hacia la horca, aquellos jóvenes trataban de salir de la contradicción y de crear los valores que les faltaban. Hasta ellos, los hombres morían en nombre de lo que sabían o de lo que creían saber. A partir de ellos, se adoptó la costumbre, más difícil, de sacrificarse por algo de lo que no se sabía nada, sino que había que morir para que fuera. Hasta entonces, los que debían morir se remitían a Dios contra la justicia de los hombres. Pero cuando se leen las declaraciones de los condenados de aquel período, impresiona ver que todos, sin excepción, se remitían, contra los jueces, a la justicia de otros hombres todavía por venir. Aquellos hombres futuros, en ausencia de sus valores supremos, eran su último recurso. El futuro era la única trascendencia de los hombres sin dios. Los terroristas, sin duda, querían primero destruir, hacer tambalear el absolutismo bajo el choque de las bombas. Pero por su muerte, al menos, apuntaban a recrear una comunidad de justicia y de amor, y a recobrar así una misión que la Iglesia había traicionado. Los terroristas querían en realidad crear una Iglesia de la que brotaría un día el nuevo Dios. Pero ¿era esto todo? Si su entrada voluntaria en la culpabilidad y la muerte no había hecho surgir nada más que la promesa de un valor por venir aún, la historia de hoy nos permitiría afirmar, de momento en todo caso, que murieron en vano y no dejaron de ser nihilistas. Un valor por venir es además una contradicción en los términos, ya que no puede iluminar una acción ni proporcionar un principio de elección mientras no tome forma. Pero los hombres de 1905, precisamente, desgarrados de contradicciones, daban vida, con su negación y su muerte misma, a un valor desde entonces imperioso, al que daban a luz, creyendo anunciar sólo su advenimiento. Situaban ostensiblemente por encima de sus verdugos y de ellos mismos ese bien supremo que hemos encontrado ya en los orígenes de la rebeldía. Detengámonos al menos en este valor, para examinarlo, en el momento en que el espíritu de rebeldía encuentra, por última vez en nuestra historia, al espíritu de compasión.