El hombre rebelde
El hombre rebelde Conocemos el esquema marxista. Marx, después de Adam Smith y Ricardo, definió el valor de toda mercancía por la cantidad de trabajo que la produce. La cantidad de trabajo, vendida por el proletario al capitalista, es a su vez una mercancía cuyo valor será definido por la cantidad de trabajo que la produce; dicho de otro modo, por el valor de los bienes de consumo necesarios para su subsistencia. El capitalista que compra esta mercancía se compromete, pues, a pagarla suficientemente para que el que la vende, el trabajador, pueda alimentarse y perpetuarse. Pero, al mismo tiempo, recibe el derecho a hacer trabajar a este último todo el tiempo que pueda. Puede hacerlo mucho tiempo y más del necesario para pagar su subsistencia. En una jornada de doce horas, si la mitad basta para producir un valor equivalente al valor de los productos de subsistencia, las otras seis horas son horas no pagadas, una plusvalía, que constituye el beneficio propio del capitalista. El interés del capitalista está, pues, en alargar al máximo las horas de trabajo o, cuando ya no puede, acrecentar al máximo el rendimiento del obrero. La primera exigencia es asunto de policía y de crueldad. La segunda es asunto de organización del trabajo. Lleva a la división del trabajo primero, y luego a la utilización de la máquina, que deshumaniza al obrero. Por otra parte, la competencia para los mercados exteriores, la necesidad de inversiones cada vez mayores en el material nuevo, producen los fenómenos de concentración y acumulación. Los pequeños capitalistas son absorbidos primero por los grandes que pueden mantener, por ejemplo, precios deficitarios durante más tiempo. Una parte cada vez mayor del beneficio es por último invertida en nuevas máquinas y acumulada en la parte estable del capital. Este doble movimiento precipita primero a la ruina a las clases medias, que se suman al proletariado, y concentra, después, en manos cada vez menos numerosas, las riquezas producidas únicamente por los proletarios. Así crece cada vez más el proletariado a medida que aumenta su degradación. El capital sólo se concentra ya en manos de algunos dueños cuyo poder creciente se basa en el robo. Sacudidos, además, por las crisis sucesivas, desbordados por las contradicciones del sistema, esos dueños no pueden ya ni siquiera asegurar la subsistencia de sus esclavos, que dependen entonces de la caridad privada u oficial. Llega, fatalmente, un día en que un inmenso ejército de esclavos oprimidos se hallan enfrente de un puñado de dueños indignos. Ese día es el de la revolución. «La ruina de la burguesía y la victoria del proletariado son igualmente inevitables».