El hombre rebelde
El hombre rebelde La misma evolución económica, que concentra en efecto el capital en un reducido número de manos, hace el antagonismo a la vez más cruel y, en cierto modo, irreal. Parece que en el punto más alto del desarrollo de las fuerzas productivas baste con una papirotada para que el proletariado se halle en posesión única de los medios de producción, arrebatados ya a la producción privada y concentrados en una sola masa enorme, en adelante común. La propiedad privada, cuando está concentrada en manos de un solo propietario, no está separada de la propiedad colectiva más que por la existencia de un solo hombre. La conclusión inevitable del capitalismo privado es una especie de capitalismo de Estado que bastará colocar después al servicio de la comunidad para que nazca una sociedad en la que capital y trabajo, en adelante confundidos, produzcan, en un solo movimiento, abundancia y justicia. Fue en consideración a esta afortunada salida por lo que Marx exaltó siempre el papel revolucionario asumido, inconscientemente desde luego, por la burguesía. Habló de un «derecho histórico» del capitalismo, fuente de progreso a la vez que de miseria. La misión histórica y la justificación del capital, a sus ojos, consistían en preparar las condiciones de un modo de producción superior. Este modo de producción no es revolucionario él mismo, será únicamente la coronación de la revolución. Sólo las bases de la producción burguesa son revolucionarias. Cuando Marx afirma que la humanidad no se plantea más que enigmas que puede resolver, muestra al mismo tiempo que la solución al problema revolucionario se halla en germen en el sistema capitalista mismo. Recomienda, pues, soportar el Estado burgués, e incluso ayudar a construirlo, antes que volver a una producción menos industrializada: los proletarios «pueden y deben aceptar la revolución burguesa como una condición para la revolución obrera».