El hombre rebelde
El hombre rebelde Pero la tragedia de Nietzsche reaparece aquí. La ambición, la profecía, son generosas y universales. La doctrina era restrictiva y la reducción de todo valor a la sola historia autorizaba las consecuencias más extremas. Marx creyó que los fines de la historia, al menos, se revelarían morales y racionales. Fue ésta su utopía. Pero la utopía, como lo sabía no obstante, tiene por destino servir al cinismo que Marx no quería. Marx destruyó toda trascendencia, y luego llevó a cabo por sí mismo el paso del hecho al deber. Pero ese deber sólo tenía como principio el hecho. La reivindicación de la justicia desemboca en la injusticia si no está fundada primero en una justificación ética de la justicia. A falta de lo cual, también el crimen se convierte un día en deber. Cuando el mal y el bien están reintegrados en el tiempo, confundidos con los acontecimientos, nada es mejor o peor, sino solamente prematuro o caduco. ¿Quién decidirá de la oportunidad sino el oportunista? Más tarde, decían los discípulos, juzgaréis. Pero las víctimas ya no estarán para poder juzgar. Para la víctima, el presente es el único valor, la rebeldía la única acción. El mesianismo, para ser, debe edificarse contra las víctimas. Es posible que Marx no lo hubiera querido, pero ésta fue su responsabilidad, que hay que examinar; justifica, en nombre de la revolución, la lucha en lo sucesivo sangrienta contra todas las formas de rebeldía.