El hombre rebelde
El hombre rebelde Si se toman las dos obras que se hallan al principio[67] y al final[68] de su carrera de agitador, sorprende ver que no dejó de luchar sin tregua contra las formas sentimentales de la acción revolucionaria. Quiso expulsar la moral de la revolución porque creía con razón que el poder revolucionario no se funda en el respeto a los diez mandamientos. Cuando llegó, tras las primeras experiencias, al escenario de una historia en la que debía desempeñar un papel tan grande, viéndolo tomar, con una libertad tan natural, el mundo tal como lo habían fabricado la ideología y la economía del siglo precedente, parecía ser el primer hombre de una nueva era. Indiferente a la inquietud, a las nostalgias, a la moral, se puso al mando, buscó el mejor régimen del motor y decidió que tal virtud convenía al conductor de la historia, y tal otra no. Tanteó un poco al principio, vaciló sobre saber si Rusia debía pasar primero por la fase capitalista e industrial. Pero eso equivalía a dudar de que la revolución pudiera producirse en Rusia. Era ruso, su tarea consistía en hacer la revolución rusa. Echó por la borda el fatalismo económico y se puso manos a la obra. Declaró netamente, ya en 1902, que los obreros no elaboran por sí solos una ideología independiente. Negó la espontaneidad de las masas. La doctrina socialista suponía una base científica que sólo podían darle los intelectuales. Cuando dijo que había que borrar toda distinción entre obreros e intelectuales, había que traducir que se podía no ser proletario y conocer, mejor que los proletarios, los intereses del proletariado. Felicitó, pues, a Lassalle por haber sostenido una lucha encarnizada contra la espontaneidad de las masas. «La teoría debe someter a la espontaneidad[69]». Claramente, ello quería decir que la revolución necesitaba jefes y jefes teóricos.