El hombre rebelde

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La totalidad y el proceso

La totalidad no es, en efecto, más que el viejo sueño de unidad común a los creyentes y a los rebeldes, pero proyectado horizontalmente sobre una tierra privada de Dios. Renunciar a todo valor equivale entonces a renunciar a la rebeldía para aceptar el Imperio y la esclavitud. La crítica de los valores no podía dejar impune la idea de libertad. Una vez reconocida la imposibilidad de hacer nacer, mediante las solas fuerzas de la revuelta, al individuo libre con que soñaban los románticos, también la libertad fue incorporada al movimiento de la historia. Se convirtió en libertad en lucha, que, para ser, debía hacerse. Identificada con el dinamismo de la historia, no podrá disfrutar de sí misma hasta que la historia se detenga, en la Ciudad universal. Hasta entonces, cada una de sus victorias suscitará una impugnación que la volverá vana. La nación alemana se libera de sus opresores aliados, pero a costa de la libertad de cada alemán. Los individuos en régimen totalitario no son libres, aunque el hombre colectivo sea liberado. Al final, cuando el Imperio libere a la especie entera, reinará la libertad sobre rebaños de esclavos que, al menos, serán libres con relación a Dios y, en general, a toda trascendencia. El milagro dialéctico, la transformación de la cantidad en la calidad se aclara aquí: se opta por llamar libertad a la esclavitud total. Como, por otra parte, en todos los ejemplos citados por Hegel y Marx, no hay en modo alguno transformación objetiva, sino cambio subjetivo de denominación. No hay milagro. Si la única esperanza del nihilismo reside en que millones de esclavos puedan constituir, un día, una humanidad libre para siempre, la historia no es más que un sueño desesperado. El pensamiento histórico debía librar al hombre de la sujeción divina; pero esta liberación exige de él la sumisión más absoluta al devenir. Corre entonces al servicio permanente del partido como se prosternaba antes al pie del altar. Por eso la época que osa calificarse como la más revoltosa no da a elegir más que conformismos. La verdadera pasión del siglo XX es la servidumbre.


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