El hombre rebelde
El hombre rebelde El afán de posesión no es más que otra forma del deseo de durar; él es el que hace el delirio impotente del amor. Ningún ser, ni siquiera el más amado, y que mejor nos responda, está nunca en nuestra posesión. En la tierra cruel, donde los amantes mueren a veces separados, nacen siempre divididos, la posesión total de un ser, la comunión absoluta en el tiempo entero de la vida es una imposible exigencia. El afán de la posesión es hasta tal punto insaciable que puede sobrevivir al amor mismo. Amar, entonces, es esterilizar al amado. El vergonzoso sufrimiento del amante, en lo sucesivo solitario, no es tanto el no ser ya amado cuanto el saber que el otro puede y debe amar aún. En el lÃmite, todo hombre devorado por el deseeo loco de durar y de poseer desea a los seres a los que ha amado la esterilidad o la muerte. Esta es la verdadera rebeldÃa. Quienes no han exigido, un dÃa al menos, la virginidad absoluta de los seres y del mundo; quienes no han temblado de nostalgia y de impotencia ante su imposibilidad; quienes, entonces, vueltos a su nostalgia de absoluto, no son destruidos intentando amar a media altura, ésos no pueden comprender la realidad de la rebeldÃa y su furia de destrucción. Pero los seres se escapan siempre y nosotros les escapamos también: no tienen perfiles firmes. La vida desde este punto de vista no tiene estilo. No es más que un movimiento que corre en pos de su forma sin dar nunca con ella. El hombre, desgarrado asÃ, busca en vano esa forma que le darÃa los lÃmites entre los cuales serÃa rey. ¡Que una sola cosa viva tenga su forma en este mundo y éste estará reconciliado!