El hombre rebelde
El hombre rebelde En lo tocante a saber si tal actitud halla su expresión polÃtica en el mundo contemporáneo, es fácil evocar, y esto no es más que un ejemplo, lo que se llama tradicionalmente el sindicalismo revolucionario. ¿Este mismo sindicalismo no es ineficaz? La respuesta es simple: él es quien, en un siglo, ha mejorado prodigiosamente la condición obrera desde la jornada de dieciséis horas hasta la semana de cuarenta horas. El imperio ideológico, por su parte, ha hecho retroceder el socialismo y ha destruido la mayor parte de las conquistas del sindicalismo. Es que el sindicalismo partÃa de la base concreta, la profesión, que es en el orden económico lo que la comuna es en el orden polÃtico, la célula viva sobre la que se edifica el organismo, mientras que la revolución cesárea parte de la doctrina y hace entrar por la fuerza en ella lo real. El sindicato, como el municipio, es la negación, en beneficio de lo real, del centralismo burocrático y abstracto[6]. La revolución del siglo XX, por el contrario, pretende apoyarse en la economÃa, pero es primeramente una polÃtica y una ideologÃa. No puede, por función, evitar el terror y la violencia hecha a lo real. Pese a sus pretensiones, parte de lo absoluto para moldear la realidad. La rebeldÃa, inversamente, se apoya en lo real para encaminarse en un combate perpetuo hacia la verdad. La primera intenta realizarse de arriba abajo, la segunda de abajo arriba. Lejos de ser un romanticismo, la rebeldÃa, por el contrario, toma el partido del verdadero realismo. Si quiere una revolución, la quiere en favor de la vida, no contra ella. Por eso se apoya primero en las realidades más concretas, la profesión, el pueblo, en que se transparentan el ser, el corazón vivo de las cosas y de los hombres. Para ella, la polÃtica debe someterse a estas verdades. Para concluir, cuando hace avanzar la historia y alivia el dolor de los hombres, lo hace sin terror, si no sin violencia, y en las condiciones polÃticas más diferentes[7].
